La festiva ciudad de los hospitales de Niños Dios


Al llegar la navidad, o tal vez al irse, puede que de pronto nos demos cuenta que nuestro Niño Dios -el mismo que durante años y tal vez hasta generaciones hemos puesto en el portal o la gruta de nuestro nacimiento casero- está roto y el daño parezca irreparable. Y cómo no iba a parecerlo, si ahí es cuando descubrimos que la pequeña figurita estaba hecha de frágil yeso y que ningún cuidado al pegar la partedesprendida será suficiente para devolverle su acabado original. Las roturas y pérdidas más comunes de nuestros Niños Dios son los dedos, la nariz, los brazos e incluso la cabeza. Suele suceder también que el color encarnado de su piel o lo castaño de su cabello se deterioren por raspaduras o despostillamientos causados por caídas, malos tratos o un inadecuado almacenamiento, e incluso no falta quien al notar que el niño ha perdido la belleza de sus prominentes pestañas o uno de sus ojitos de vidrio, desee sustituirlo injustamente. A decir verdad, cuando alguno de estos eventos suceden a muchos de nosotros se nos ocurre simplemente que es el momento de comprar un nuevo Niñito Jesús.


Pero para otras personas cambiar su Niño es algo que tal vez no resulte fácil, porque si atendemos a una antigua tradición, es más que probable que esa figura tenga mucho tiempo en la familia y haya pasado de mano en mano como herencia. Cada Niño Dios es único. Hay que recordar que estas mismas figuras tradicionales forman parte de otras festividades católicas como la de la Candelaria y que en muchos hogares de México existe un rincón en el que el Niño Dios es venerado, además de que es prácticamente un miembro de la familia al que no sólo hay que arrullar, sino mudar de ropa periódicamente. Estos niños suelen ser prestados también a otras familias, y dependiendo de la casa en la que le toque vivir será ofrendado con comida, mimos y apapachos. La tradición de los Niños Dios dice que alguien debe regalarnos la figurita en los días alrededor de la fiesta de navidad. El niño puede o no estar vestido en esta solemne ocasión, pero es seguro que en los días posteriores, las personas que lo regalaron (desde entonces sus padrinos) se lo lleven y no lo devuelvan sino hasta el 2 de febrero para la fiesta de la Candelaria, esta vez luciendo un traje nuevo, de preferencia blanco. El atuendo del Niño puede variar dependiendo de las necesidades de cada familia o incluso de sus aficiones; cada atavío convierte a la figura en una de sus infinitas advocaciones y puede observarse hasta una cierta tendencia de moda cada año, de acuerdo con los acontecimientos sociales. Así, en el año 2002 el traje más pedido fue probablemente el de San Juan Diego, que acababa de ser canonizado, pero también hay trajecitos de doctor con todo y estetoscopio, de “indito”, de noble azteca y hasta uniformes de la selección nacional o del equipo campeón de fútbol. Entre las advocaciones religiosas más comunes están las del Niño de las Limosnas, El Niño de las Palomitas, el Niño de la Suerte, el Niño Pescador, el Niño Pastor, San Judas Tadeo, San Franciso de Asís, San Ignacio de Loyola, San Charvel Majluf, El Nazareno, El Niño de la Abundancia, El Señor de Chalma, El Niño de las Rosas, El niño de las uvas, El Niño de los milagros y un muy largo etcétera.

Los Hospitales de Niños Dios

Aunque en muchas familias vestir al Niño Dios es algo que se realiza en casa donde alguien hace gala de sus habilidades en tejido, corte y confección (pues también se le hacen al Niño cojines, sarapes y otras comodidades) resulta también muy fácil y digno acudir a algún mercado popular y pagar para que lo vistan los profesionales. Durante casi todo el mes de diciembre y hasta el día de la Candelaria es común en la Ciudad de México ver rótulos de “Se visten Niños Dios” y en algunos lugares unos más curiosos aún que dicen “Se Reparan Niños Dios”, “Renovación de Niños Dios”, “Hospital Infantil” u “Hospital de Niños Dios”, donde por raro que se escuche, la venta de trajecitos es hasta por catálogo. Estos lugares son atendidos por personas especializadas en resanar, repintar, restituir o sustituir las partes rotas o perdidas de estas veneradas figuras de nacimiento y tienen un arraigo muy fuerte en lo que fue la zona lacustre del sureste de la cuenca de México, por lo que es común encontrarlos en las delegaciones de Tláhuac, Xochimilco y Milpa Alta. Algunos de estos artesanos cuentan con más de veinte años de experiencia y realizan su labor a la vista de quienes por ahí caminan, de manera que visitar un hospital de Niños representa una ocasión única para observar a Dios manco, cojo, ciego, tuerto o completamente destrozado; también lo es para encontrarse frente a un cliente satisfecho, quien a veces es incapaz de reconocer a su Niño o a su santo, de tan “nuevo” que se lo dejaron. Hay que aceptar que muchas veces el precio de las reparaciones (que depende de la gravedad de la herida o del número de cuidados diferentes que se le procuren) es más alto que el importe de una nueva figura, pero de acuerdo con los artesanos reparadores es raro que los clientes pierdan la esperanza y desechen a sus Niños; las figuras son resanadas y reconstruidas aunque parezca que no tienen remedio. Para ello se utilizan aerógrafos, yeso, lijas, fibras sintéticas, tornos y materiales importados como cierto tipo de ojos de vidrio “alemanes”, que son más realistas pero más caros. Los artesanos incluso anuncian sus hospitales como lugares de atención de “urgencias” y son capaces de igualar tonos de pintura y tez, reintegrar las pestañas realistas a la figura e incluso volver a la vida algunos casos verdaderamente imposibles.

Iconografía de los Niños Dios

Los Niños Dios tradicionales suelen estar moldeados en yeso, pasta o resina siguiendo un mismo patrón anatómico o postura corporal, de manera que pueden yacer sobre su espalda en un pesebre o una cuna, o bien mantenerse sentados en pequeñas sillas o tronos de madera con cojines rojos que forman parte de su ajuar de Rey. Se fabrican en pequeños talleres caseros de yesería, lo cual explica que en cada lugar en los que los venden éstos tengan características diferentes. Resulta notorio que aunque de un solo molde salgan infinidad de figuras, éstas poseen rasgos faciales diferentes, pues deben ser lijados y librados de rebabas e imperfecciones en forma manual. En general puede decirse que los Niños Dios tienen un tipo caucásico (aunque en ocasiones se ven negros, morenos o aindiados hechos con el mismo molde) y tienen la mano derecha levantada en ademán de Bendecir.
Esta posición de la mano, que hace que los dedos índice, medio y pulgar se extiendan mientras el anular y el meñique quedan flexionados hacia el centro de la palma, tiene orígenes muy antiguos y en la tradición cristiana significa que Jesús es parte de la Santísima Trinidad (si tomamos en cuenta los tres dedos) o bien, que su naturaleza es tanto Divina como Humana (si atendemos a los dos dedos largos extendidos). De hecho, la postura de bendición de la mano diestra de Dios es parte esencial de la iconografía de Jesús representado en cualquiera de sus edades. También es utilizada por los sacerdotes cuando trazan el signo de la cruz en el aire al saludar o despedir a la comunidad reunida en el templo con una bendición. Los Niños Dios, que nunca son representados recién nacidos (a juzgar por la belleza de sus rasgos y lo largo de su cabello) tienen las clásicas características del arte medieval con las que Jesús, quien originalmente era de tipo medio oriental, adquirió rasgos étnicos propios del occidente europeo.

Este esquema estético nació probablemente cuando los artistas trataron de imitar al hombre plasmado en la sábana santa de Turín (y sus múltiples copias y reproducciones), quien ha sido desde la época bizantina el modelo del Dios hecho hombre. En México nuestros Niños Dios tienen cabello rizado, rubio o castaño, grandes ojos abiertos y tez sonrosada. Estas características fueron adoptadas por los artistas novohispanos tras la “salida” del Niño Jesús de las representaciones de la Sagrada Familia durante el siglo XVII, cuando se le comenzó a pintar y esculpir solo y de una edad mayor (entre tres y cinco años). Como sea, en todos los casos un paño cubre las partes pudendas del niño y en ocasiones el molde fusiona su figura humana con la cama de paja y el pesebre sobre el que según la tradición fue colocado.
El antiguo culto a los Niños Dios

En la Ciudad de México es común encontrar representaciones y culto dedicado a los Niños Dios. Estas imágenes simbolizan la inocencia de los seres humanos, pues son la imagen de un Dios que se humilló a sí mismo para convertirse en aquello que había creado, y los cristianos aceptan que para ello debió nacer libre de pecado (por eso nació también de una virgen sin mancha) y seguir una vida de pureza que sirviera de guía a sus seguidores. El Niño Jesús suele ser protector de barrios y pueblos donde se le festejan el día del niño cada 30 de abril, las posadas en la segunda mitad de cada mes de diciembre y la Natividad; todas fiestas infantiles de acuerdo con su naturaleza. A estas imágenes se les trata como si fueran niños vivos que incluso hacen travesuras, por lo que la gente suele ofrendarles de manera popular –y espontánea- arrumacos, juguetes y dulces. El culto al Niño Jesús fue propagado por Santa Teresa de Jesús (1515-1582) y su Orden y tuvo gran aceptación en nuestro país y en la Ciudad de México. Tal vez esto no resulta extraño si pensamos que Jesús fue introducido por los evangelizadores por medio de un simbolismo luminoso solar, con el que incluso llegó a ser equiparado con Huitzilopochtli.

El Dios de los cristianos tiene características solares y antecedentes paganos muy notables; su sincretismo simbólico entre los indios de Tenochtitlan se puede apreciar en la forma en que éstos aceptaron ciertas festividades y fechas de guardar, como es el caso de la Fiesta de la Candelaria, que originalmente era una fiesta de purificación con orígenes paganos que se celebraba en Europa cuarenta días después del solsticio de invierno (alrededor del 24 de diciembre, cuando iniciaba el ciclo agrícola) y representaba el “final oficial del invierno”. La purificación, siguiendo una tradición española del siglo XIV, venía por medio del fuego y la luz que se hacían presentes en la fiesta mediante las candelas o velas. La historia cuenta que en Tenerife se apareció la Virgen a unos pastores, y que ésta tenía una vela en la mano. A partir de entonces, y después de algunos milagros, se le conoció popularmente como “La Virgen de la Candelaria”. Sin embargo esta es sólo la parte occidental de esta fiesta en la que el Niño Jesús juega un papel primordial, pues en la Ciudad de México esta fecha adquirió una gran importancia simbólica entre los indios. De acuerdo con Fray Bernardino de Sahagún y conocidos estudiosos del calendario de los indios, el día 2 de febrero era precisamente el día en que comenzaba el calendario solar de los habitantes de Tenochtitlan (el sol se filtraba al atardecer de ese día entre las casas de Tláloc y Huitzilopochtli, en lo alto del Templo Mayor, como hasta hoy lo hace). Esto, aunado al simbolismo solar de Jesús, nos habla de un Sol “niño” que nace y da inicio a la petición de buenas cosechas. La primera vez que alguien viste a su Niño Jesús debe hacerlo de color blanco para con ello emular la Luz, la claridad de juicio de Dios y la Verdad; los tamales que hoy en día se comparten durante la fiesta de la Candelaria son el recuerdo de esas ofrendas que hacían los indios en las postrimerías de su ciclo anual agrícola. Posteriormente, con la corrección al calendario solar con la que en 1582 el buen Papa Gregorio XIII robó diez días a la humanidad, la fecha de inicio del año mexica pasó al 12 de febrero, pero era demasiado tarde; la compleja fiesta del Sol-Niño Jesús, figura bondadosa y protectora, ya había echado raíces entre los conquistados. Todo parece indicar que los cristianos de México, aunque llenos de fe, tenemos todavía mucho de idólatras y bastante de paganos.

Alberto Peralta de Legarreta

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